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En la desesperación, ¡No te pierdas del milagro!

Hoy mi esposo me preguntaba sobre un pasaje de la Biblia que le había llegado al celular que decía:

“Pero quiero decirles, hermanos, que el tiempo se acorta; por lo tanto, el que tiene esposa debe vivir como si no la tuviera; el que llora, como si no llorara; el que se alegra, como si no se alegrara; el que compra, como si no tuviera nada; y el que disfruta de este mundo, como si no lo disfrutara; porque el mundo que conocemos está por desaparecer”. (1 Corintios 7, 29-31)

Me dio gracia que mi esposo quiera cuestionarme sobre todo por la primera parte, pero no puedo negar que el pasaje me dejó pensando. Entiendo que esta carta de San Pablo se refiere a que uno debe permanecer inmutable ante Dios, que no debemos dejarnos llevar emocionalmente de un lugar a otro con las cosas del mundo, con lo que nos preocupa, todo es circunstancial, la presencia de Dios en cambio, es permanente y nosotros debemos tener la misma presencia ante Dios. Permanecer siempre en El.

Continuamente y hasta el final de nuestros días, acontecimientos agradables y eventos dolorosos se irán sucediendo una y otra vez. En lo bueno, olvidamos a Dios y en lo malo acudimos a El sin saber qué hacer con el dolor que cargamos encima.

Veo gente a mi alrededor sufriendo sin sentido, emocionalmente agotada, he podido escuchar sus historias y me sucede con frecuencia que cuando hablo del poder de la oración las personas simplemente sonríen. Y entonces recuerdo la ceguera de la que hablaba Jesús. Estamos ciegos, en mayor o menor medida, pero estamos todos ciegos.  

Dios nos dice a lo largo de toda la Biblia como debemos actuar, como pedir, cuál debería ser el orden de las cosas, amarlo primero, con todas las fuerzas de nuestro corazón, con todo nuestro cuerpo y nuestra vida. Verdaderamente Él debe ser el centro de nuestras vidas, la fuente de donde mana el amor y de todo cuanto ocurre en nuestras vidas.

Hace un tiempo vi una película llamada “Cuarto de guerra” en la que una anciana enseña a orar a una mujer desesperada por su situación matrimonial. Las palabras que más me llamaron la atención fueron “tu deber como esposa es amar y orar por tu esposo, no trates de hacer el trabajo de Dios queriéndolo cambiar, ese es el trabajo de Dios, tu, ora por él”.

Es un proceso. No tenemos la costumbre de orar por lo que necesitamos y orar es una tarea de todos los días.

Muchísimos no oran porque no creen que la oración pueda conseguir cambiar su situación, incluso aquellos que nos llamamos “creyentes” ponemos muchas veces la oración de lado. Hay quienes piensan que orar es una pérdida de tiempo para los problemas verdaderamente importantes, es algo bonito, pero no realista. Al no orar viven en la desesperanza porque no tienen la confianza puesta en Dios y entonces se pierden de lo más importante, se pierden el milagro, se pierden de la presencia permanente de Dios en sus vidas.

Las crisis son oportunidades muy valiosas en las que podemos ver a Dios actuar y este es un acontecimiento extraordinario que no se puede describir. Si oras continuamente en lo bueno y en lo malo y permaneces con paciencia en la esperanza de que Dios obrará en su momento, Dios se dejará ver sin lugar a dudas.

En el fondo del corazón debemos tener la certeza irrebatible de que no podemos arrancarnos este amor ni la verdad de Su existencia. Cierto es que para experimentar a Dios debemos estar “En gracia” como alguien muy querido me decía, lo que quiere decir que tenemos que tener la antena apuntando a Dios, alejarnos de la malicia y de toda conducta que ponga distancia con Dios. Permanecer en El.  

De qué sirve sufrir confiando en nuestras propias capacidades si ya Cristo nos lo dijo: “Solo en mi pueden dar mucho fruto, separados de mí nada pueden hacer” (Juan 15, 5) somos un equipo, somos una familia. No puedo resolverlo todo sola, donde mis fuerzas no alcancen estará El para andar el resto del camino.

Para Dios, nuestro Padre no existen imposibles, el “no” se convierte en un “si”, los muros van cayendo y la luz y la esperanza se van abriendo camino. Yo le hablo y El responde.

Dios está a una nada de distancia, y tú, ¿dónde estás?  

 

Lorena Moscoso

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