Formacion

¿Cuánto me ama Dios?

 

 

Pienso constantemente como Dios podría haber cambiado todo en cualquier momento de la historia, desaparecer todo el mal y el sufrimiento causado por el hombre. Podríamos estar ya viviendo con El, Dios podría hacerlo, sabemos que nada le es imposible. Dios podía haber impedido el pecado en el mundo y ahorrarnos milenios de sufrimientos. Pero mientras más vueltas le doy al asunto más cuenta me doy de su amor. Él puede cambiar nuestras voluntades, nuestras decisiones en un segundo, pero elije no hacerlo porque no quiere que sus criaturas a quienes ha llamado “hijos suyos” acabemos siendo marionetas a merced de Su voluntad. Somos capaces de más y Él lo sabe. Si de un momento a otro Dios apareciera delante de nosotros sin duda lo seguiríamos a donde fuera, pero no lo haríamos por voluntad pues frente a semejante majestuosidad, amor, sabiduría y belleza, no habría otro camino que elegir, entonces nuestra elección no sería libre. Para seguirlo, Dios quiere que nos hagamos familia, quiere que lo conozcamos y recorramos un camino juntos. Conociéndolo y amándolo, nuestra voluntad será una sola.

¿Pero cuánto me ama Dios? ¿Llegará el día en que logre entender su amor y pueda decirle “yo te seguiré porque te conozco, no porque seas grande, sino porque grande es tu amor por mí”?

Dios creo el mundo y con el mundo, a mi…

Para comprender su amor empecemos por lo que Dios hizo de nosotros, hemos sido llamados a ser Hijos Suyos, nos ha creado a Su Imagen y Semejanza, lo que quiere decir que nos ha dado la capacidad de amar y la capacidad de entender el orden natural de las cosas. Esta cualidad nos hace ser como El, nos hace capaces de dar origen desde el amor a creaciones propias, a generar vida y formar familias, nuestra propia vida debe ser toda creación, nuestra inteligencia, nuestras manos, estamos en constante transformación, en constante movimiento, las ideas no paran, somos seres extraordinarios. La experiencia de Dios está siempre a nuestro alcance. Esto es lo que somos, creadores como El.

Tristemente el pecado ha desconectado a toda la creación con el hombre. El amor era el motor que generaba este constante movimiento y transformación en el todo, pero hemos quedado heridos y Su obra quedó suspendida.

Y entonces Dios se hace hombre

Para restaurar esta situación sin vulnerar nuestra libertad de elegir, Dios pone en movimiento lo que conocemos como la economía de la salvación. No pierde el tiempo, no se aparta ni un segundo de su criatura y entra en nuestra historia. En Jesús, que significa “Dios con nosotros”, deposita toda su sabiduría y su amor infinito, su amor que no acaba. El viene para enseñarnos con paciencia acerca de este amor tan grande a quien llama “Padre”. En la época de Jesús nadie se refería a Dios como Padre, Dios era Dios y llamarse hijo suyo era cometer blasfemia, es decir, una ofensa muy grande condenada enérgicamente por los judíos. Pero Jesús cambia totalmente la percepción que teníamos de lo que es y de lo que no es Dios. Nos enseña a mirar al cielo con esperanza y a dirigirnos a Dios como un niño se dirige a su Padre a quien ama tanto y en quien confía plenamente. A partir de ahora será “Padre mío, Padre nuestro”.

¿Pero de que se trata esto de “morir por mi”?

En aquella época los sacrificios ganaban el perdón de Dios, restauraban la relación dañada con su pueblo y el orden de todo lo que los rodeaba. Aquella noche oscura en el Getsemaní, Jesús entendió la voluntad del Padre: por amor al hombre el mismo cargaría con todo el pecado del hombre sobre su propio cuerpo. Jesús, Hijo de Dios, sería el cuerpo humano que arrastraría el pecado de toda la humanidad herida… hasta la tumba, fue el cordero del sacrificio.

“Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna” (Juan 3, 16)

Pero al tercer día

Cristo resucita como un hombre enteramente bañado en Dios, destruyendo el destino al que estábamos condenados: la muerte y la nada. La resurrección es la confirmación y la prueba de que Cristo es quien decía ser y de que Dios es el gran Padre que nos llama y nos ama profundamente. La resurrección nos muestra que estamos en el camino para vivir para siempre en la luz del Padre.

Pero Jesús aún no termina su obra

Jesús, nos abrió el camino de vuelta al Padre pues habíamos quedado enceguecidos a causa del pecado, imposibilitados de re encontrarnos con Dios y en este camino no estamos solos. Recordemos que Jesús parte al cielo para pedirle a Dios que nos envíe el Espíritu Santo. El Espíritu Santo es el Vínculo de amor que existe entre el Padre y el Hijo y que habita en nosotros. Al principio teníamos al Dios distante que se revelaba a los profetas, después tuvimos al Hijo entre nosotros enseñándonos con las parábolas; ahora tenemos al Padre y al Hijo en nosotros: “Yo les aseguro que, si cumplen mis mandamientos, el Padre y yo, vendremos y haremos morada en ustedes” (Juan 14, 23), quiere decir que vivirán en nosotros “para siempre”. Esta presencia del Padre y del Hijo en nosotros, es la presencia del Espíritu Santo, que nos recuerda constantemente el amor de Dios y nos sigue susurrando en la voz de Cristo “Padre Mío, Padre Nuestro.

Toda la historia de la salvación está pensada en el hombre, Dios nos ama, nos quiere cerca, nos quiere como Hijos no como criaturas, nos quiere como continuación de toda su obra, nosotros con El, cómo en la parábola del Hijo Pródigo, nos dice a cada uno y personalmente: Todo lo mío es tuyo” o “Tu eres mi hijo muy amado”.

La Creación entera ha sido reconciliada por su amor y Su mano se extiende decididamente hacia la mía…

 

Lorena Moscoso

Luz El Trigal